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LA FELICIDAD

Cuando era niño tuve la tentación de ser feliz. Quiero decir que la felicidad llamó a mi puerta un sábado por la mañana, insistentemente. Yo me debí levantar con el paso soñoliento, los ojos fuera de este mundo, el pijama medio caído y orinado, (así de fácil era vivir) y le abrí la puerta.

Quedé fascinado. Era más grande que yo, apenas la podía abarcar, pero entró en casa y lo llenó todo. Ya no recuerdo si aquel día llovía o hacía sol, si hacía calor o frío, de su mano esas cosas no tenían importancia. Y así fui creciendo, libre de la esclavitud de los matices.

Pero ella tampoco dejaba de crecer, cada vez era más vasta, más difícil de arrastrar. Costaba sacarla de casa, le daba vergüenza. Estoy gorda, decía. Yo quería llevarla a conocer a otra gente. Había mucha gente infeliz, y yo sabía donde vivían. Pero el día que la convencí ya no cabía por la puerta.

Llamé a mis abuelos, a mi madre, a mis tíos, a mis amigos, a los padres de mis amigos, paraba a la gente por la calle, les tiraba del brazo y los subía a la puerta de mi casa para que la tocaran, para que la vieran. Durante años hubo una multitud en la puerta de mi casa. Subían a arañarle algo pero se iban tristes.

Yo crecí con la Felicidad pero llegó la adolescencia y perdí la esperanza de poder sacarla de casa. La gente sabe que yo tenía buenas intenciones, que siempre quise compartirla, pero la Felicidad no tiene límites, no es humana, se excede, se impide, si es necesario, a sí misma con tal de hacerse grande; te quiere a ti, a mí, a los negros a los blancos, a las mujeres a los hombres, a pequeños y grandes, pero nadie puede abarcarla, crecer con ella. Ella no es de este mundo, eso creo yo. Quizá sale de los agujeros negros, parida por otras dimensiones, y vaga por este universo, multiplicándose a sí misma, pero sola, poderosa y sola. Es una conjetura.

Ya de mayor, con la independencia, tuve que volar y dejar la casa de mis padres. Y allí se quedó ella. Dice mi madre que pregunta todos los días por mí… el otro día vi una foto suya, me la mando mi padre, que ahora le ha dado por hacerle fotos a las cosas imposibles. Cuenta mi madre que desde que se jubiló está más idealista que nunca. Por lo visto sale a la calle a regalarle a la gente fotos de la Felicidad, para que sepan que existe, ya que no puede salir de casa al menos que vean que existe, dice. Pero yo no creo que sea buena idea. La foto está bien pero es muy triste. Al verla se me escaparon las lágrimas: está deformada, su boca es amorfa, y los brazos le salen por las ventanas, está hecha una pena, la verdad.

Yo le deseo lo mejor, por supuesto que sí. Pero no me arrepiento de vivir libre de ese ser sin límites que no asume los límites de sus amigos. Ahora ya no soy un niño, y prefiero lo abarcable, la sonrisa, y la lágrima en la que luego se convertirá, ahora prefiero los ciclos, amo los ciclos, la vida son ciclos, subir y bajar montañas, cansarse, descansar, estar contento, estar contigo, dejarte marchar con el amor en las mejillas, cuando llegue el momento. Por eso hoy te llamaré, me gusta ir a cenar contigo, que tienes una belleza constante, cercana, alcanzable.